Clea miraba
con inquietud la acera caliente. El sol que acababa de ocultarse había
desparramado en el cielo toda clase de espigas multicolores. A medida que caminaba sentía ese sudor típico de los nervios, el calor del roce en los bolsillos de su campera negra. Calculaba cada paso, y de tanto en tanto también lo miraba a él sin importarle si repararía en ello. Él reflejaba una mueca de tristeza, los labios habían perdido el
color natural y los ojos se le hacían agua como la lluvia del invierno; una expresión fria y
melancólica.
Que mas daba, horas mas tarde todo se reduciría al olvido. El pasado cercano no era preocupante, lo peor vendría después, cuando los dias, los meses y quien sabe los años comenzaran a marcar su piel. Los recuerdos mas vívidos se instalarían en su alma como las ojas caen en la acera. ¿Era capaz de soportar un año entero? Caminaban cansados, porque ambos sabían que las heridas antes cicatrizadas ahora lentamente volvían a abrirse.
Que mas daba, horas mas tarde todo se reduciría al olvido. El pasado cercano no era preocupante, lo peor vendría después, cuando los dias, los meses y quien sabe los años comenzaran a marcar su piel. Los recuerdos mas vívidos se instalarían en su alma como las ojas caen en la acera. ¿Era capaz de soportar un año entero? Caminaban cansados, porque ambos sabían que las heridas antes cicatrizadas ahora lentamente volvían a abrirse.