Él hablaba de su pasado, se había olvidado del aspecto frio de todos los días. Hablaba de su antiguo trabajo.
Por un momento me invadió una tristeza efímera al ver sus bocas arrugandose al acercar el tenedor a sus bocas. Ambos estaban viejos. El rencor acumulado por años desapareció, y sentí una profunda sensación hacia aquellos dos seres que siquiera reparaban en mi presencia. Añoraban su pasado y lo miraban con simpatía, mientras el inerte mundo al que se somentian hoy, los alejaba de aquella gozosa juventud en la que criaban gallinas y sembraban en sus quintas. El presente desvanecido. Todo había quedado atrás y sus rostros envejecidos.
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